“Tus amigos logran el embarazo a la primera, están pendientes de ti y eres como el patito feo”

na Isabel Ana Isabel estuvo dos años intentando lograr un embarazo sin éxito hasta que recurrió a la fecundación in vitro. (ELENA BUENAVISTA)

na Isabel  Ana Isabel estuvo dos años intentando lograr un embarazo sin éxito hasta que recurrió a la fecundación in vitro. (ELENA BUENAVISTA)El ser humano es un animal muy peculiar.  Es el único en que unos individuos deciden conscientemente descartar su perpetuación, interrumpir conscientemente la transmisión de sus genes pese a ser fértiles (inconcebible para cualquier otra especie), al tiempo que otros incapaces de tener hijos recurren a cualquier medio a su alcance para poder ser padres.

Sobre todo para poder ser madres por que, no nos engañemos, la carga psicológica de pasar por el proceso de una fecundación in vitro puede recaer en ambos miembros de la pareja, pero la física es exclusiva de la mujer.

Además, cada vez más mujeres sin pareja inician este camino para lograr ser madres en solitario. En los últimos 10 años ha aumentado un 80% el número de mujeres sin pareja que recurren a la reproducción asistida.

Se calcula que el 15% de las parejas españolas en edad fértil tienen problemas para concebir de manera natural. Ante esa imposibilidad unas deciden renunciar a ser padres, otras optan por la adopción y un número cada vez creciente pelean por tener un hijo como sea: con inseminación artificial, mediante fecundación in vitro, utilizando óvulos de una donante…  unas 50.000 parejas pasan al año en España por el proceso de fecundación in vitro.

Un empeño que supone someterse a diferentes pruebas médicas y procesos hormonales y que “es emocionalmente duro y económicamente caro” en palabras de la doctora Victoria Verdú, coordinadora de ginecología de  la clínica de fertilidad Ginefiv.

Ana Isabel ha pasado por ese largo camino de la reproducción asistida, una ruta llena de esperas, esperanza, desesperanza, decepciones y, por suerte en su caso, también alegría al lograr al final el tan deseado embarazo. Ahora, con 37 años, es madre de un niño de año y medio. “Una vez lo tienes, todo se olvida”, sostiene. Algo en lo que casi con toda seguridad coincidiría con todas las mujeres que también han logrado triunfar sobre los designios de la naturaleza merced a la tecnología reproductiva.

Ella tenía 34 años cuando comenzó a buscar un embarazo: “Estuvimos dos años y la verdad es que lo viví muy mal. Todos tus amigos lo consiguen a la primera, todo el mundo está pendiente de tí y tú te sientes como el patito feo. Había meses que era horrible cada vez veía la regla. Piensas “comemos bien, nos cuidamos, estamos sanos, no somos mayores” y te preguntas por qué”.

“Me considero una persona fuerte”, reconoce Ana Isabel, que no necesitó ayuda psicológica. Pero es frecuente que muchas mujeres sí que requieran ayuda profesional.

La doctora Verdú reconoce que es relativamente habitual que detecten algún problema y recomienden acudir a la consulta de un psicólogo. De hecho en la clínica tienen dos psicólogos en plantilla.  “Se alcanzan niveles de estrés importantes. Especialmente cuando es necesaria la donación de gametos (óvulos o espermatozoides) surgen muchas dudas e inquietudes”, explica.

Fue a los 36 años cuando Ana Isabel y su pareja comenzaron a someterse a diferentes pruebas: “A mí me dio una baja calidad ovocitaria por la edad y mi marido baja calidad espermática por el mismo motivo”.

Y es que la edad de corte, el punto de inflexión temporal de la maternidad, parece ser los 35 años. A esa edad se ha constatado que comienza a empeorar la calidad de los óvulos y a aumentar la posibilidad de que el niño tenga trastornos cromosómicos. A esa edad ya no se pueden donar óvulos. A esa edad se comienzan a recomentar pruebas diagnósticas como la amniocentesis. A esa edad no se pueden donar embriones. A partir de esa edad las posibilidades de quedarse embarazada se reducen un 5% cada año.

Ana Isabel explica que fueron directamente a una clínica privada, no se plantearon recurrir a la sanidad pública por los largos tiempos de espera pese al alto coste ecomico: unos 6.000 euros en total en su caso. “Conozco otras parejas que han tardado dos años en ser atendidas. Te pones a ser madre con cuarenta años. No puede ser”.

“Nos recomendaron la inseminación artificial”, sigue contando Ana Isabel. “Pasamos por dos inseminaciones y no lo conseguí. Transcurrieron dos meses entre una y otra. En otros dos meses intentamos ya la fecundación in vitro y tuvimos suerte a la primera. Lograron seis embriones, me transfirieron dos y uno salió adelante”. Y reconoce que hay que estar dispuesto a asumir el riesgo de un embarazo múltiple.

Así contado parece sencillo, pero confiesa que es un proceso que “vives con mucha incertidumbre. Lo llevamos juntos mi marido y yo y sí que es un poco duro. Prima sobre todo la confianza en que todo saldrá bien”.

Reconoce que la opción de la adopción “no llegó a ponerse encima de la mesa. Era como un tema tabú en casa. Mi marido lo habrá pensado mil veces y yo otras tantas. Pero preferíamos agotar esta vía”.

Ana Isabel quita importancia a la parte física del tratamiento: “Durante la hormonación te sientes un poco más hinchada, más irritada, pero no nada importante. Y la punción para extraer los óvulos es similar a la amniocentesis”.

En la clínica hay cuatro embriones vitrificados esperando: “Nos estamos planteando intentar otro embarazo, tengo casi 38 años, es el momento”.

Y termina recomendando a todas las mujeres que luchan por ser madres, que no dejen de pelear, que no desesperen, “que vayan a por todo, tanto en la pública como la privada para poder tener a sus hijos biológicos”.

Publicado en 20 minutos

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