¿Podemos vivir (en pareja) sin sexo?

Cuando publiqué el post de la semana pasada sobre el documental ‘El imperio de los sinsexo’ no imaginé que produciría tal movilización y que, como resultado, mi buzón de correo se llenaría de mensajes (lo siento por los que lo intentaron y se lo encontraron lleno). Me pasé el domingo entero contestando varios centenares de emails y el 90% de los que me pedían consejo podría resumirse en éste que me llegó de una lectora anónima:

Querida Pandora, no sé por qué te extrañas de que los japoneses pasen del sexo… Yo soy española, mi pareja tambien, de treinta y tantos años, y llevamos dos sin follar. Nuestras relaciones se fueron distanciando en el tiempo hasta que me di cuenta de cuánto llevaba sin “mojar”, como dices tú. La verdad es que creo que se nos acabó el amor, además por ambas partes, pero seguimos juntos porque tenemos hijos. ¿Tú qué opinas? Yo he sido una mujer bastante activa sexualmente, pero tampoco estoy notando nada raro por no tener sexo, aunque he de confesar que hay veces que me apetece… Él no habla del tema y yo ya tampoco, pero no me parece “normal”, aunque cada vez encuentro más información en internet acerca de parejas sin sexo… Dame tu opinión, por favor.

Pues será algo cada vez más habitual, pero también lo son las alergias en primavera y ninguna de las dos cosas me parece buena. No soy psicóloga, ni sexóloga, ni médico, pero no hace falta para saber que el cuerpo humano tiene una sexualidad funcional de larga duración (no se acaba a los 30 años, doy fe) porque es sanoy saludable utilizarla.

Dicen que cuando el sexo funciona bien, sólo implica del 10 al 20% de la satisfacción marital, pero cuando renquea representa hasta el 90% y, por tanto, el descontento está asegurado. ¿De verdad creías que habíais dejado de follar porque dejásteis de entenderos? ¿No será, quizá, que dejásteis de entenderos porque dejásteis de follar?

Así es que, en aras de esa empatía exacerbada que no hace más que causarme problemas, se me ha encogido el alma con la historia de ese marido y futuro padre que lleva los 8 meses de embarazo de su mujer sin catarla porque ella le rechaza… Con la de ese otro que, cuando intenta iniciar una relación sexual, su pareja le exige que la “respete” (a-lu-ci-no)… Por no hablar de esa mujer de casi 40 que está pensando seriamente en buscarse un amante porque su marido lleva más de un año sin tocarla…

¿Se deben superar las crisis de libido en la pareja o hay que resignarse y, en el mejor de los casos, darse a la masturbación? ¿Es cierto ese viejo mito de que a las mujeres (salvo en Japón y en mi casa, por lo visto) nos apetece menos que a los hombres? ¿Tiene fundamentos ese dicho popular que reza: “follas menos que un casado”?… Cuánto me gustaría contestar a todo que no y tener soluciones… Pero como me parece un problema serio, voy a recurrir a una experta y a dejar que sea ella quien les diga bien clarito a los inapetentes de ambos sexos por qué es importante recuperar el gusto por lo erótico.

Me refiero a Sylvia de Béjar que, en su libro ‘Deseo’ (Planeta), da en la clave de lo que preguntaba la lectora: “Has de querer recuperar tu libido por ti”, pero no sólo para complacer a tu pareja, sino para tener ganas de masturbarte (¿puede haber algo mejor que amarse a uno mismo?) y por las múltiples razones que convierten el sexo en algo beneficioso.

Y enumera: “Es un acto de autoafirmación, de validación como adulta y como ser sexuado”, “te hace sentir que eres dueña de tu sexualidad”, “hace que te encuentres bien, a gusto en tu piel”, “aumenta tu bienestar”, “tu cuerpo despierta y vibra”, “tomas conciencia de tu poder y de tu energía sexual”, “estimula tu creatividad y autoconocimiento”, “espolea tus fantasías”, “recuperas las ganas infantiles de jugar y explorar”, “te sientes independiente, libre y viva”, “es un chute de autoestima y de seguridad personal”, “mejora tu humor”, “te desconecta”, “alivia tu estrés”, “potencia tu libido (el deseo genera deseo)”, “afianza el lazo afectivo con la pareja, “refuerza vuestra intimidad emocional”, “os predispone a comunicaros”. Ojo, muy importante: el sexo favorece la comunicación.

Y aquí sí que tengo algo personal que aportar. Yo tuve un novio, Alfredo, todo belleza y músculo, con el que el sexo era una gozada. Nos pasábamos la vida enganchados como animales, tanto que cada rato que estábamos juntos nos lo pasábamos en posición horizontal (o vertical encajada, o de cúbito prono, o a cuatro patas… ampliando el kamasutra, vaya). A veces se despertaba en plena noche y cruzaba medio Madrid corriendo a pie para presentarse en mi casa a las tres de la madrugada con una erección de purasangre trotador deseando compartirla conmigo, y se nos hacía de día en sesiones maratonianas de sexo.

Recuerdo una vez que yo conduje 100 kilómetros sin bragas y completamente húmeda por la excitación, porque el deseo que sentía por él no era capaz de aplacarlo ni masturbándome. No era sólo un enganche sexual: nos comprendíamos, hablábamos, compartíamos cosas, viajábamos, nos divertíamos… Éramos una pareja.

Así que nos fuimos a vivir juntos y durante meses todo fue igual de bien. Hasta que un día cuando fui a requerir su competencia sexual, él se hizo el dormido. ¡Sorpresa! En otra ocasión le dolía la cabeza. Unas semanas más tarde tenía agujetas. Después, estaba preocupado… Hasta que me dijo que últimamente no le apetecía nada. Confieso que me bloqueé. No sabía qué hacer. Ya podía yo pasearme desnuda ante sus ojos, o con mi lencería más sexy, ponerle canela en el postre, intentar llegar al sexo de la manera más casual e inocente… Nada funcionaba. Así es que me rendí y el resto de nuestra vida en común empezó a hacer aguas también. Donde antes había comprensión, cariño y complicidad, ahora había hastío, aburrimiento, irritación y desconfianza.

No lo dejamos entonces, ni fue por algo así. En aquella época, Sylvia de Béjar todavía no había publicado su libro (que os recomiendo encarecidamente) y no había mucha literatura ‘ad hoc’ para ayudarme. Pero al cabo de un par de meses, nunca llegué a saber por qué, Alfredo empezó a ser el de siempre, nuestra vida sexual se llenó otra vez de juegos, caricias y sorpresas y nuestra relación sentimental cobró nuevos bríos. Seguimos juntos dos años más. Y, desde entonces, siempre he aplicado una máxima infalible: follando se entiende la gente.

La cama de Pandora – Fuente: El Mundo

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