Entrevista: Paul Devroey, creador de la ICSI

La ICSI, ideada por Devroey, supuso un antes y un después en reproducción

El nombre de la técnica, inyección intracitoplasmática de espermatozoides, probablemente no sea conocido por mucha gente. Tampoco sus siglas (ICSI). Pero este procedimiento, utilizado por primera vez en 1991, supuso toda una revolución en el tratamiento de la infertilidad masculina. En combinación con la fecundación in vitro, hace “prácticamente imposible” que un hombre no pueda ser padre biológico, según explica precisamente el ‘padre’ de esta técnica.

Los ‘auto-halagos’ de Devroey no son gratuitos. Más de 500 publicaciones avalan su trayectoria en el campo de la infertilidad y él siempre habla de las bondades de la técnica, nunca de su persona. De hecho, el ‘nosotros’ es el pronombre más utilizado en la entrevista, que tuvo lugar recientemente en el V Congreso Internacional IVI, en Sevilla.

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“Desde el principio de mi carrera seguí muy de cerca los avances en infertilidad masculina, ya que me formé como ginecólogo y andrólogo, estaba interesado en las dos partes del proceso”, subraya Devroey a ELMUNDO.es.

Sin embargo, dichos avances fueron al principio pocos y poco exitosos. Algo frustrante si, como subraya, se tiene en cuenta que el 15% de las parejas padece infertilidad y, aproximadamente en el 30% de los casos, el factor masculino es el responsable de la misma. “Hay hombres cuyos espermatozoides no tienen motilidad suficiente y otros que no son capaces de eyacular, los tienen, pero dentro del testículo”, comenta.

Por esta razón, la primera técnica que se desarrolló fue la inseminación subzonal (SUZI), que consistía en la inyección de unos pocos espermatozoides en una zona del óvulo conocida como espacio perivitelino. “No fue muy exitosa y la cosa tampoco mejoró con la inyección directa del esperma en el óvulo [un procedimiento que desarrolló en 1989 la ginecóloga Susan Lanzendorf]”.

Justo por esas fechas, Devroey descubrió el papel que podría tener un utensilio común en todos los laboratorios: la pipeta. “Pasamos de trabajar con el esperma como un todo, a pensar sólo en gametos individuales”, recuerda. “Fue muy importante darnos cuenta de que nos bastaba con unos pocos espermatozoides para lograr la fecundación”.

Y es que la ICSI no es más que eso, una selección de los espermatozoides más valiosos y su inserción individual (a través de las mencionadas pipetas) en el ovocito. “Es algo que pasa a menudo en ciencia; de un día para otro, todo cambia. De repente, las posibilidades de que un hombre no pudiera ser padre con su propio esperma se redujeron virtualmente a cero”, recuerda.

Como también es habitual, Devroey señala que “en un principio” el resto de la comunidad científica fue “muy escéptica”. Ellos mismos tenían sus cautelas. “Estábamos extremadamente preocupados por la salud de los niños, por eso esperamos a publicar hasta que nacieron bien. Previamente, habíamos hecho diagnóstico prenatal a los fetos”, comenta.

Por fin, en 1992, ‘The Lancet’ recogía el hito: nacimiento de cuatro niños (en tres embarazos) procedentes de un esperma que, hasta la fecha, se habría considerado incapaz de fecundar un óvulo.

Devroey no recuerda nada especial de la primera pareja que tuvo éxito con esta técnica, “un matrimonio corriente con un número extremadamente bajo de espermatozoides”, pero sí de la siguiente técnica que ideó. Aunque la ICSI acababa con la mayoría de los casos de infertilidad masculina, aún quedaban por resolver los de aquellos varones que no podían eyacular, ni siquiera ofrecer una mínima muestra de semen del que extraer algún gameto válido.

Lo que Devroey hizo fue combinar la extracción testicular de esperma con la ICSI. “Esto fue más complicado y recuerdo muy bien a los primeros pacientes. Eran un matrimonio latinoamericano. El hombre había sido operado de una hernia en su infancia y se le habían dañado los conductos de los testículos al pene. Habían intentado seis veces la inseminación artificial con semen de donante en EEUU, sin éxito y cuando vino a mi consulta le dije ‘tienes unos testículos preciosos, vamos a intentar abrirlos a ver qué hay'”, bromea el especialista.

“Cuando observamos la muestra extraída en el microscopio, vimos que los espermatozoides se movían. Fue la revolución. A partir de ahí se ha conseguido incluso que hombres a los que se ha practicado una vasectomía puedan volver a ser padres”, subraya.

Aunque en los más de 20 años que han transcurrido desde el desarrollo de la ICSI, ésta se ha convertido en una de las técnicas de reproducción asistida más utilizadas, Devroey comenta que “hay que ser prudente y no prescribirla si el esperma es normal“.

El ginecólogo belga no elude ningún tema por polémico que sea y responde abiertamente al estudio publicado en mayo en ‘The New England Journal of Medicine’, que achacaba a su técnica una mayor tasa de defectos congénitos en los niños nacidos por reproducción asistida. “Yo soy muy educado, pero tengo mis dudas sobre esas cifras; además, no tiene sentido que los resultados fueran sólo en embriones frescos y no se replicaran en los congelados. Creo que, de haber un problema, estaría en el esperma y no en la técnica”, concluye.

Publicado en El Mundo

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