Día Internacional de la mujer. Derechos Sexuales y Reproductivos en México

Alejandro Juárez Zepeda

Palabras de Alejandro Juárez Zepeda, Director General de Ombudsgay, en la Conmemoración del Día Internacional de la Mujer en la Universidad Iberoamericana, Santa Fe:

Quiero agradecer al Programa de Derechos Humanos de la Universidad Iberoamericana la invitación a participar en esta mesa de reflexión sobre los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.

1975 representa un hito en la historia de la lucha por alcanzar la igualdad de género. Ese año se celebró en México la Primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Mujer, en la que se instituye el día que hoy conmemoramos, todo ello en el marco del Año Internacional de la Mujer.

Durante la Conferencia de México tiene lugar también el primer planteamiento explícito sobre lo que en aquella ocasión se denominó el derecho de las mujeres al lesbianismo, en un momento donde todavía era incipiente la reivindicación de las muchas formas de existir como mujer, todas igualmente merecedoras de respeto. En aquella ocasión, la representante de los sindicatos de estudiantes de Australia tomó el escenario, entre aplausos por un lado y gritos de descalificación por el otro, que rezaban “estás enferma” y “vete a ver al médico”, según un relato de Claudia Hinojosa.

Y aquí estamos, treinta y seis años después, habiendo superado algunas cuestiones y discutiendo el surgimiento de nuevas asignaturas pendientes, escuchando a un hombre gay, nacido el mismo año de esta Conferencia, hecho fortuito que obviamente no lo vuelve autoridad para hablar sobre los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres heterosexuales, lesbianas y transexuales, en un auditorio compuesto mayoritariamente por ellas. ¿Cuál es la razón de todo esto? ¿Qué ha cambiado en estos años? A este respecto, me apropio de lo que escribió Simone de Beauvoir sobre el carácter construido y no natural del género: “Al nacer, nadie sabe ser hombre o mujer; hay que aprender a interpretar ese papel”.

Ombudsgay nace en el año de 2010 para defender la constitucionalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo y el derecho de las parejas homosexuales a adoptar niños y niñas, y construir familias diversas. Para ello, entregamos a la Suprema Corte de Justicia de la Nación un documento de amicus curiae desde donde se exponían razones jurídicas, pero también dede una perspectiva multidisciplinaria en la que no faltó, por supuesto, el enfoque de género.

Reconocer, garantizar y hacer justiciable un derecho, como lo fueron en aquella ocasión el matrimonio, la adopción y la familia, refrenda la universalidad, progresividad, indivisibilidad e interdependencia de los derechos humanos. Para el caso de los derechos sexuales y reproductivos, en Ombudsgay trabajamos con la convicción de que nadie puede interferir en la decisión de una persona sobre el sentido de su vida afectiva y sexual, y que obligarla a mantener sus relaciones sociales, familiares y laborales en la clandestinidad constituye una forma de violencia que empobrece el desarrollo y la convivencia comunes.

Hoy reivindicamos la posibilidad de que activistas y organizaciones hagan un frente común para la defensa de todas las causas y se termine con la fractura histórica que ha caracterizado al colectivo LGBTQI. En consecuencia, es para mí un honor ser en esta ocasión portavoz de una causa que, de acuerdo con una visión anquilosada, no me correspondería. Recordemos también que la reforma del matrimonio universal al Código Civil fue autoría de un hombre heterosexual. Espero que esto contribuya a que las luchas civiles por la justicia, en general, se constituyan como el foco de un consenso traslapado en el que pueda reconocerse el conjunto de la sociedad.

Nuestra organización, surgida en este contexto, se preocupó muy pronto por sostener un enfoque de género en el tratamiento y abordaje de los temas de la diversidad sexual. Después de pensarlo suficientemente, constatamos la dificultad en la comprensión pública del acrónimo LGBTQI, que incluye a lesbianas, hombres homosexuales, bisexuales, personas trans, a quienes están en construcción de su identidad sexual y personas intersex. Así pues, en la búsqueda de definiciones y a riesgo de parecer excluyentes, sólo incluimos la palabra gay en la denominación de nuestro proyecto debido a que dicho término resulta en la actualidad el más difundido e identificado socialmente para designar una conducta sexual y afectiva diferente de la heterosexual -lo cual no significa que las propuestas y posturas de los otros grupos nos pasen inadvertidas, sobre todo en el contexto político.

La perspectiva de género que articula el trabajo de Ombudsgay nos permite señalar con claridad que las mujeres lesbianas y trans están situadas en el extremo de la vulnerabilidad y homogeneizadas en lo que se ha constituido como un mainstream y lineamientos de corrección política para las conductas sexuales alternativas. Desde la causa de la diversidad sexual también criticamos y erosionamos los prejuicios misóginos y machistas, así como los estereotipos de género y roles tradicionales sobre lo que significa ser un hombre o una mujer.

No es sólo que se haya prohibido a los hombres el gusto por las flores, se haya confinado a los gays al desempeño de actividades decorativas o se piense que las lesbianas no pueden ser madres potencialmente amorosas y aptas. Estas visiones también empobrecen la afectividad de las personas y determinan el trabajo de las instituciones. Imaginemos, por ejemplo, que todo el expertise del Instituto Nacional de las Mujeres en materia de violencia de género fuera accesible a las mujeres transexuales o que se les diera un trato especializado a las mujeres lesbianas. Imaginemos también las consecuencias para la inclusión si una institución como el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia tuviera como destinatarias de sus planes y programas de atención a toda la diversidad de familias, además de la nuclear. Apenas ayer, en en el artículo “Con el sexo hemos topado” de Lola Huete Machado, publicado por El País, se mencionó el dato de que anualmente se divorcian el 50% de los matrimonios tradicionales, por lo que se deja hoy sin cobertura a todas estas expresiones de afectividad.

Entendemos que es gramaticalmente correcto denominar como homosexuales tanto a hombres gays como a mujeres lesbianas; no obstante, sabemos que el término puede llegar a invisibilizar la posición de las mujeres dentro de este colectivo y, de paso, perpetuar la estructura misógina y patricarcal que padecemos todos y todas. Esto resulta vital aclararlo, ya que ha sido una demanda constante en la historia del movimiento lésbico y ha dado origen, además, a series muy exitosas de televisión que plantean desde el título esta reivindicación por la letra L.

Por supuesto, los derechos sexuales se ejercen a título personal y para promover la autonomía; pero creemos que para la construcción de una cultura política de la inclusión y respeto a la diversidad, necesitamos la creación de espacios seguros y libres de violencia que permitan el libre ejercicio de la afectividad y la sexualidad.

Ahora bien, una perspectiva como la que hemos intentado presentar me permite plantear vínculos críticos entre las causas de las mujeres lesbianas, las trans y los diversos feminismos. Tengo un amigo que, cuando me refiero a cualquier mujer, me pregunta si se trata de una biológica o una transexual; incluso una consejera nuestra ha dicho que la mujer biológica está totalmente pasada de moda.

Frente a lo anterior, yo acostumbro responder que existen también mujeres ideológicas, porque todos los hombres que simpatizamos con la causa del feminismo lo somos de cierta forma. La diversidad de enfoques incluye a quienes practican un feminismo esquemático y descalifican a las mujeres que eligen roles tradicionales y construyen familias nucleares. También están las mujeres transexuales que se quejan de que las instituciones públicas encargadas de atender la vulnerabilidad social relacionada con el machismo y la misoginia, no se ocupan de ellas. Y además está un feminismo más reflexivo, que es el que se ha ocupado de estudiar en años recientes el significado de las identidades trans. Como puede verse, existen encuentros y desencuentros entre quienes defienden la causa del feminismo y la diversidad sexual. Mi apuesta es que todos y todas, mujeres biológicas, transexuales e ideológicas, seamos capaces de poner por un momento entre paréntesis lo que nos divide, para hacer causa común a favor de la no discriminación.

La historia de la lucha contra la discriminación ha colocado a las acciones afirmativas como una medio más o menos idóneo para remediar en el presente injusticias históricamente construidas, cuyos recipientes no tendrían que ser resposabilizados por los costos de su discriminación. Como ha señalado Luigi Ferrajoli, los derechos constituyen la ley del más débil, de quien necesita ser colocado en un nivel de igualdad jurídica porque de facto no lo es.

Si no atacamos estas formas de injusticia inmerecida en el presente, esto se traducirá en un empobrecimiento generalizado de la calidad de vida y en una pérdida incuantificable de capital humano y social. La importancia de las acciones afirmativas es superlativa, porque al corregir la discriminación que experimenta, por ejemplo, una pareja de lesbianas el día de hoy, se está preparando el terreno para que las generaciones futuras vivan en espacios libres de estigmas; que los potenciales hijos e hijas de estas mujeres no tengan que recurrir al suicidio en función del acoso y hostigamiento del que son objeto los niños y las niñas que pertenecen a una familia diversa, muchas veces con la complicidad de sus mentores y compañeros. Así como el día de hoy nos parece ridículo pensar en un momento en que las mujeres no tenían derecho a votar, llegará el tiempo en que nos parezca igual de ridícula la actitud de aquellos quienes, a finales del siglo XX, defendían la postura de que el matrimonio era un contrato al que sólo debían tener acceso las parejas compuestas por un hombre y una mujer.

La legislación reglamentaria en materia de no discriminación contempla lo que se denomina medidas positivas y compensatorias a favor de la igualdad de oportunidades y de trato para todos los grupos mencionados en la cláusula antidiscriminatoria, contenida en el artículo 1o constitucional. Paradójicamente, los únicos excluidos de esta protección son los grupos LGBTQI y los religiosos. Como se ve, de fondo permea la ideología conservadora y reaccionaria que convierte a la orientación sexual y la identidad de género en elementos secundarios para el desarrollo integral de las personas y las responsabiliza de las consecuencias de sus elecciones si se apartan del patrón heteronormativo.

En este sentido, las mujeres lesbianas y trans requieren apoyos y protecciones especiales que todavía el Estado mexicano no ha implementado. Efectivamente el Estado no puede imponer visiones éticas o morales, aunque sean mayoritarias, y debe mantener una neutralidad absoluta en el tratamiento de la diversidad. Sin embargo, la orientación sexual, o la preferencia si fuera el caso, no se sitúan en el mismo nivel que las elecciones que definen nuestras identidades culturales o políticas. Y, más aún, esas elecciones le significan riesgo e inseguridad en el momento presente.

Si bien es cierto que el Estado se ha preocupado por proteger a grupos vulnerables como las personas con discapacidad o las que pertenecen a algún pueblo originario, también lo es que se ha desentendido de su obligación de procurar el bienestar del colectivo LGBTQI, el más discriminado entre los discriminados. Este castigo socialmente legitimado puede leerse también desde la perspectiva de género como la causa de que los hombres gays hayan renunciado a su derecho de acceso a las mujeres; las mujeres a su obligación reproductiva, y las mujeres trans a la supremacía masculina.

A continuación, caminaremos por las dos vertientes que son el eje de esta mesa, intentando desbrozar las violaciones, omisiones o vacíos que se presentan de manera recurrente en relación con los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres que integran el colectivo de la diversidad sexual. No sólo importan los derechos de seguridad social derivados de conquistas como el matrimonio igualitario y la adopción, también garantizar algo más básico: la seguridad y la integridad fisica, emocional y material de las mujeres que son disidentes respecto del modelo patriarcal y heteronormativo. Paradójicamente, colocar los derechos civiles por encima de los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales (o DESCAS), nos ha situado en un falso debate, en un nivel de bienestar ilusorio donde ya es posible casarse y tener una familia, pero no se han resuelto problemas estructurales como la homofobia, la lesbofobia y la transfobia, así como los diferentes crímenes y delitos de odio.

Aunque con matices, para la mayoría de las mujeres biológicas y heterosexuales decidir sobres sus cuerpos y el ejercicio de su sexualidad depende exclusivamente de su voluntad y el nivel de empoderamiento que posean. En contraposición, las mujeres lesbianas y trans necesitan no sólo ser conscientes de sus derechos, sino enfrentar obstáculos estructurales. Por ejemplo, si una pareja de mujeres lesbianas desea formar una familia mediante procedimientos asistidos, subrogar un vientre, etcétera, se encontrará con tratamientos de muy alto costo y que tienen una cobertura insuficiente por parte del Estado.

Los instrumentos internacionales aplicables en esta materia establecen que es obligación de los Estados parte garantizar el derecho de las mujeres a decidir libremente sobre el número y espaciamiento de los hijos e hijas, incluso si esto implica no ejercer el derecho. En México muchas mujeres lesbianas no tienen hijos, no por decisión propia, sino por falta de recursos y apoyo del Estado para integrar una familia. En el caso de las mujeres trans, la situación es todavía más adversa, puesto que no se les garantiza el derecho a la maternidad si ni siquiera está resuelto el tema de la reasignación sexo-genérica, si están condenadas a la pobreza porque nadie quiere emplearlas, ni rentarles un cuarto, y mucho menos confiarles el cuidado de niñas y niños.

Queremos apuntar dos asignaturas pendientes en materia de salud sexual de las mujeres lesbianas y transexuales. Una se refiere al VIH/ Sida y otra a la patologización de la transexualidad. Dada la exclusión que experimentan las mujeres transexuales de los espacios laborales y de capacitación y formación para el empleo, muchas de ellas tienen que dedicarse a la prostitución y, dado lo precario de su condición, son sujetas de prácticas violentas y carentes de protección para evitar el contagio. Por otra parte, los manuales de psiquiatría que determinan, a partir de una aproximación estadística a los caso particulares, las enfermedades mentales y sus tratamiento, todavía tienden a incluir a la disforia de género como patología. Esto ha tenido como consecuencia que, como ocurre en México, los tratamientos hormonales para la reasignación de sexo sean cubiertos por el Estado, no como si se tratara de una vía de acceso al derecho a la expresión de la identidad de género, sino como desórdenes psiquiátricos que necesitan ser superados como se supera una enfermedad. Lo paradójico de esta situación es que la tendencia mundial se dirige en el sentido opuesto, a saber: considerar a la transexualidad como una expresión legítima de la identidad de género. Pero en contextos de precariedad económica, como el nuestro, los gobiernos se han hecho cargo de los procesos terapéuticos y médicos, precisamente por considerarlos desordenes de personalidad que colocan a las personas en situación de vulnerabilidad. En Ombudsgay estamos convencidos de la importancia de despatologizar la transexualidad, pero también de que estas personas accedan a los tratamientos terapéuticos y médicos sin discriminación, con calidad y proporcionados por personal sensibilizado en derechos humanos y no discriminación.

El acceso universal de las mujeres lesbianas y trans a todos los derechos, con especial énfasis a los que se refieren al goce, disfrute y decisión autónoma sobre sus cuerpos, tiene como consecuencia apuntalar la seguridad humana para ellas. ¿Qué significa esto? Por supuesto, recuperar que la función primordial de ser del Estado, es decir, preservar la vida de las y los ciudadanos; pero también tener la certeza de que una vida digna de ser vivida requiere calidad y el acceso a los bienes y libertades que configuran una personalidad empoderada, libre y equitativa en lo que se refiere a los vínculos afectivos, sexuales y sociales que se establecen. En esta tarea es fundamental que las mujeres lesbianas y trans accedan a empleos dignos y adecuadamente remunerados, para que puedan hacerse cargo de gestionar por ellas mismas sus derechos, y no dependan de los insuficientes acompañamientos que les brindan las defensorías de oficio y otras instituciones de derechos humanos. La inalienabilidad de los derechos significa, como ya se ha señalado, que nadie debe ser tan rico como para comprarle sus derechos a otro, y nadie tan pobre como para verse tentado a venderlos. En la práctica, las mujeres lesbianas y trans aceptan mantener sus relaciones en la clandestinidad, así como las burlas y chistes misóginos y lesbófobos, porque no pueden permitirse el lujo de perder el empleo.

Por otra parte, también es fundamental incluir en los planes y programas de estudio modelos positivos de las familias diversas, recalcando a las personas más jóvenes que es un derecho inalienable el decidir sobre el tipo de vínculos sexoafectivos que se quieren entablar. En el contexto de la tarea educativa, tratar a las relaciones entre personas del mismo sexo con el mismo respeto e, incluso, indiferencia que se hace con las parejas heterosexuales, contribuye a prevenir el acoso escolar y otras situaciones de hostigamento y violencia que, en grado extremo, conducen al suicidio entre niños, niñas y jóvenes. En el momento presente no existe una cultura de la equidad y el respeto a la diversidad promovida desde las escuelas, o existe de manera muy incipiente. Por eso, la adopción contribuye a desestigmatizar a las familias diversas, al mostrar que son posibles otras formas de relaciones que las que caracterizan a la familia nuclear. No podemos seguir permitiendo que los niños y niñas se tengan que hacer cargo de la discriminación. Hoy son ellos y ellas nuestros próximos niñas y niños héroes, porque estarán construyendo la cultura política de la no discriminación.

Finalmente, en Ombudsgay sabemos que garantizar todos los derechos para todas las mujeres que integran la diversidad sexual es una tarea que implica modificaciones estructurales en las instituciones públicas, así como trastocar las estructuras de poder y dominación que se reproducen diariamente con la complicidad de la ciudadanía no suficientemente sensibilizada y los medios de comunicación.

Pero, aunque casi todo está por construirse, se tiene que empezar por algún lado. Nuestra apuesta es vincular las dos perspectivas con que trabajamos desde el paradigma de los derechos humanos: el género y la no discriminación, y no tratarlas de manera desvinculada como ha venido ocurriendo en las instituciones públicas encargadas de atender la vulnerabilidad históricamente construida.

México, DF, 5 de marzo de 2012.

Director General de Ombudsgay. Fue director de comunicación de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos, A.C. (CMDPDH); miembro de la Relatoría de Libertad de Expresión y Atención a Defensoras y Defensores de Derechos Humanos de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF); y director de comunicación en idheas, Litigio Estratégico en Derechos Humanos, A.C. Es socio director de Nomenklatura, consultora dedicada al fortalecimiento de las capacidades de los actores políticos y sociales que inciden o trabajan con la perspectiva de derechos humanos. Ha hecho asesorías en comunicación estratégica para el CIDE, Voces Mesoamericanas, México Infórmate y algunas otras iniciativas de la sociedad civil. También fue reportero/investigador de The Washington Post y, actualmente, colabora regularmente en el Gurú Político. Twitter: @androsocial http://ombudsgay.org

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